lunes, 9 de noviembre de 2015

BESO TU CABELLO AZUL

                                                                       
Beso tu cabello azul
Vorágine de cuerdas luminosas
Y al suave contacto de mis labios
Se abre entre tu pelo una rosa.

Una rosa azul como tus sueños
Que empieza a deshojarse con mis besos
Y caen sus pétalos más bellos
En el cálido jardín de tus anhelos.

Azul y rojo
Pasión y sueño
Colocan nuestro espíritu
En las puertas de la gloria.

El reflejo del mar en tu mirada
Y en el fondo la chispa del deseo
Y al cálido contacto de mis besos
Se abre entre tus piernas una rosa.

La rosa roja del instinto
La rosa azul de tus ensueños
Arrojan nuestros cuerpos
Al ardiente crisol de las pasiones.

Azul y rojo
Pasión y sueño
Transforman el momento
En un infierno.   



                                                                             RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                             Mayo 8 de 2010      
                                                                             Hermosillo, Sonora.                                                     

miércoles, 28 de octubre de 2015

SALVADOR LOYA VILLALOBOS NO SE OLVIDA

ASCENSIÓN

Escalo tu mirada de hielo,
rompo tus pupilas
y el iris,
rueda sobre mis manos;
cae,
y las astillas
se clavan en el abismo.

Desciendo a rappel
a la sima de tus ojos;
las derrito,
y la vida escurre entre mis dedos
Convertida en agua.

Asciendo,
ahora
tus ojos de agua
de líquido mirar;
agua que he de beber
para conservar tu vida.


Poema dedicado a SALVADOR LOYA VILLALOBOS que, a cinco años de existencia, sigue venciendo al olvido.


lunes, 3 de noviembre de 2014

AVE FÉNIX



Hace cuatro años
me dijeron que estabas muerto,
pero sigo sin creerlo
porque te siento más vivo que nunca;
y si no
¿por qué seguimos siendo amigos?
¿por qué conversamos?
¿por qué te veo caminar por las calles?
¿por qué te pido ayuda cuando me asaltan las penas?
no, Salvador, tú no estás muerto
estás más vivo que nunca.

¿Muertos?
aquéllos que en “Torre de Babel”
empujan al país hacia el infierno,
aquéllos que tomados de la mano
asesinan, excavan e incineran.
De cenizas
se levantan los caídos como el “Ave Fénix”
son los que dan la orden a los vivos:
“pueblo, levántate y anda”;
y son miles los que marchan
bajo el tiovivo de zopilotes:
su danza macabra.

Los del 68
los de Acteal
los niños de ABC
los de Ayotzinapa:
todos están vivos
y ponen en jaque al gobierno.

Tú, Salvador, como ellos,
hermano de raza e ideas,
surges de tus cenizas
a unirte al “canto sublime”
del ave con “alas rojas y cuerpo dorado”
símbolo del conocimiento
la resurrección
la inmortalidad
y la esperanza:
“Pájaros de Fuego”
están más vivos que nunca.



miércoles, 30 de octubre de 2013

SALVADOR LOYA VILLALOBOS NO SE OLVIDA

BURBUJAS

Pules tu silencio en el esmeril del tiempo
y lo engarzas en el iris de tus hermanos
para que no te olviden.
El silencio brilla en sus pupilas,
se escurre,
se enreda en las pestañas de nosotros
y anida en las mágicas burbujas.

Burbujas preñadas de silencio:
flotan
se rozan
y revientan.

Entre el rocío, sin queja,
se gesta
tu figura y tu palabra.
Las burbujas,
en ese infinito estallar y aparecer,
encierran para siempre tu recuerdo.

Prisión y libertad:
perene parpadeo es tu silencio.




Poema dedicado a SALVADOR LOYA VILLALOBOS en su tercer año de vida. Ausencia que es presencia y se expresa como siempre a través de su silencio




                                                                   M.D.T. RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                   26 de octubre de 2013
                                                                   Hermosillo, Sonora

viernes, 26 de octubre de 2012

SALVADOR LOYA VILLALOBOS NO SE OLVIDA




           GAMBUSINO


Entre las cenizas de tu cuerpo   
cribo,
busco,
encuentro dos esmeraldas:
tus ojos;
y en las cuencas vacías de tus deudos
las coloco.       

Destello,
ahora luz:
de las piedras preciosas en sus ojos.
                                 



Poema dedicado a Salvador Loya Villalobos al cumplir dos años de vida. Ahora es tierra, agua, aire y fuego: energía cósmica flotando en el universo.
Salvador vive, porque su corazón late en el infinito.




                                                                      MDT. RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                      26 DE OCTUBRE DE 2012
                                                                      HERMOSILLO, SONORA.










viernes, 3 de agosto de 2012

EL PERIÓDICO


El tío Ramón se levantaba a las cinco de la mañana, preparaba café y se disponía a esperar al muchacho que entregaba el periódico. Con él en la mano se encaminaba a su sillón preferido y no se movía de allí hasta que la tía Alicia lo llamaba para comer. Después salía a la cochera y recogía la edición vespertina del Universal, volvía a su sillón, se arrellanaba en él y continuaba tejiendo sus ideas con el hilo de las grafías y la aguja de su mirada. Sólo dejaba de leer hasta que la noche entraba por la ventana y arropaba las pequeñas niñas de sus ojos. La tía no soportaba esta rutina, las pocas veces que conversaban, por lo regular a la hora de tomar los alimentos, la fuerte voz del tío llenaba la cocina de acontecimientos y opiniones; el mundo caía desgajado sobre el mantel y su análisis era la sobremesa. La tía era la imagen del silencio porque Ramón Santiago, que así se llamaba el tío, sólo la usaba como caja de resonancia para sus alocuciones. La tía Alicia no articulaba palabra alguna, solamente se concretaba a mirar las verdes pupilas de su esposo.

La tía desarrollaba sus labores con la mirada hacia dentro y el quehacer de la casa no era suficiente para extraerla, a tal grado, que el tío la sorprendió lanzando tortillas calientes por la ventana en lugar de colocarlas en la cesta de bejuco adecuada para éstas. Las carcajadas de su marido la hicieron llorar varios días hasta que la tristeza sufrió su metamorfosis y el rencor aleteó sobre la humanidad de Ramón Santiago. Comenzó a manifestar a través del lenguaje corporal primero y después en sus dislates, una recalcitrante animadversión hacia el tío que trataba de disminuir rezando el rosario. Dado el grave estado anímico asociaba el instrumento de oración con el ancho cuello de su consorte.

Para el tío Ramón lo único importante era leer el periódico, las extrañas actitudes de su esposa no lo inquietaban, al contrario, reía cuando hacía muecas a la hora de servir la mesa y el rosario zumbaba entre sus dedos; era tan fuerte la fricción, que a veces, las cuentas caían en la sopa del tío quien se limitaba a sacarlas con la punta de la cuchara y no externaba reclamo alguno porque la presencia de ella era solamente física. La inestabilidad emocional de la tía Alicia se fue deteriorando hasta que en sus ojos asomó la demencia y un velo opaco cubrió sus pupilas.

Ramón Santiago seguía leyendo compulsivamente, pero como no tenía quién lo escuchara, empezó a platicar con los editorialistas del periódico. Al inicio, la conversación era prudente, respetuosa, pero al pasar los días los desacuerdos se agudizaron y las discusiones derivaron en la violencia; el tío terminaba vociferando y el diario descuartizado sobre el piso. El encono duraba horas hasta que en la noche sus párpados, como telones de piel, atenuaban la tortura. Los vecinos pensaban que don Ramón había enloquecido porque sólo lo veían salir por el periódico, y en cuanto entraba a su casa, comenzaba a levantar la voz; ya no escuchaban los rezongos de doña Alicia y su figura no la habían vuelto a ver en el exterior de la vivienda. Intuían algo grave porque la rutina no era la misma y un raro olor escapaba por las ventanas.

La tía dejó de preparar los alimentos nueve días atrás. La cocina estaba repleta de trastes sucios y la inmundicia crecía sin ningún control; lo único limpio era el banquito en donde se sentaba a manipular su rosario, no para contar sus oraciones, sino que lo abría y cerraba como si quisiera aprisionar la causa de su desgracia. En un instante observaba el cuello de Ramón Santiago estirándose, retadoramente, ante un interlocutor imaginario; en otro, los ojos volvían a su periplo interior y el rostro se petrificaba. El tío permanecía sentado en el desvencijado sillón la mayor parte del tiempo, sólo se ponía de pie cuando el argumento del periodista lo provocaba para una fuerte polémica; si esto sucedía el tío Ramón saltaba de su asiento, inclinaba el torso y con el puño golpeaba el aire como si quisiera romper la cara y con ella las ideas de su adversario. Los reveses de los articulistas abrieron serias grietas en el cerebro del tío, las neuronas comenzaron a unirse y el chisporroteo de luces apagó su razonamiento. La cocina y la sala eran el escenario de tan grotescas acciones porque el resto de la casa había desaparecido para ellos.

Fueron los vecinos los que descubrieron que don Ramón estaba muerto. Lo habían visto por la ventana de la sala casi acostado sobre el sillón, con los ojos saltones, la boca bien abierta, la lengua hacia fuera y las manos crispadas en el periódico; la pierna izquierda estaba doblada para atrás tocando el sillón y la derecha estirada en línea recta apuntando a la cocina. El murmullo se elevó, se sacudió en el aire y la noticia cayó sobre los habitantes de la colonia y convirtió la casa de los ancianos en un inmenso panal. La gente diseminó el rumor, calle por calle, hasta que llegó a la estación central de la policía en donde se enteraron de la extraña muerte de don Ramón y que presentaba marcas en el cuello como si fuera una fina cadena la que le quitó la respiración para siempre.

Los peritos llegaron al lugar de los hechos para registrarlo; el zumbido de los curiosos al hacer sus comentarios era ensordecedor y se movían de una ventana a otra como un enjambre. El responsable de la investigación ordenó  retirar de inmediato a todos e iniciar la meticulosa labor. Los agentes recorrieron las habitaciones en busca de detalles que iluminaran la oscuridad del caso; pero a pesar de sus esfuerzos sólo encontraron la presencia física de la tía Alicia, el cadáver del tío Ramón y cuentas de rosario por todos lados. La cruz brillaba muy cerca del pie derecho de Ramón Santiago.

Cuando el detective en jefe estuvo frente a la tía le pareció ver, a través de dos fríos escaparates la silueta del homicida; le habló al oído, luego más fuerte y al final preguntó a gritos por qué lo había matado. La tía Alicia deglutió como si quisiera mantener la conciencia atada a sus entrañas, pero ésta comenzó a subir hasta que apareció en sus ojos convertida en agua; limpió su rostro, levantó la cabeza y una severa mirada le constriñó el alma. Loya  preguntó de nuevo y, la respuesta cargada de locura, se estrelló en la lógica del comandante que volvió a percibir imágenes increíbles en los húmedos cristales de doña Alicia; pero éstas fueron desapareciendo, junto con la razón, en los pequeños resumideros de sus ojos.

El investigador reunió a sus hombres y les contó la confesión de la tía en el momento de lucidez:

“La discusión fue terrible, los golpes demoledores de Ramón Santiago destrozaban las ideas de los periodistas, y en lo más violento de la pelea, las líneas negras del periódico se deslizaron como serpientes formando una cadena, se enredó en el cuello del tío y se fue apretando hasta dejarlo sin aliento. La tía Alicia asegura que fueron los editorialistas los asesinos de su marido y que el rosario se rompió cuando el tío suplicaba que lo defendiera”.

Los subalternos rieron hasta el dolor, se tocaban el abdomen y se inclinaban como si hicieran reverencias ante lo inverosímil, pero al ver el rictus de su jefe, transformaron rápidamente la burla en seriedad. El comandante Loya dio unos pasos, rodeó la cruz, desenredó el diario de la mano del tío y lo hojeó buscando algún indicio. En la página central, detuvo su mirada, sus manos se paralizaron y el blanco total eliminó la duda. Con lentitud, giró el periódico hacia los subordinados que, al verlo, abrieron la boca sorprendidos.












                                                                                 RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                                  Mayo de 2005
                                                                                  Guaymas, Sonora.


domingo, 27 de mayo de 2012

EL OTRO



Se miró fijamente.
Los ojos se incrustaron en los ojos y formaron una esfera de luz. La sombra se reflejó en la pared como si fuera un sueño, pero el espejo recogió la figura repitiéndola por toda la habitación. El Otro cobró vida, se asomó por la ventana y salió a recorrer el mundo.

El Otro se dio a conocer muy rápido en la comunidad. El Otro habló con los otros: Las palabras se cruzaron en una batalla verbal en donde los términos chocaron, sonaron e iluminaron maravillosamente; la brillantez de pensamiento, la facilidad de palabra y el vaivén de su mirada fueron suficiente para que los otros cayeran en una especie de letargo por la impresión. La neblina, producto del fragor del combate, comenzó a flotar en el ambiente como una almohada repleta de sueños para ellos. El pueblo se durmió. El Otro tomó su botín de guerra, lo metió en su morral y emprendió el camino hacia lugares más poblados.

Llegó a las afueras de la capital; desde un montículo observó la gran actividad de los otros; la ciudad parecía un gran hormiguero en su constante movimiento. El Otro observó detenidamente, estableció estrategias y decidió atacar esa misma tarde. Pensó que lo mejor sería un ataque sin cuartel a las escuelas, después se lanzaría sobre el Palacio de Gobierno y por último tomaría la Plaza de Armas. Apretó su morral, se deslizó por la ladera hasta llegar a una casa abandonada, volvió a hacer cálculos, corrió tres cuadras y se introdujo a la primera escuela.

El Otro se dio cuenta que los niños estaban disfrutando del recreo cuando se vio rodeado y se le quedaron viendo. Abrió la boca, dejo salir las palabras más hermosas del arsenal de su cerebro, con tan certero tino, que a cada pequeño le perforó el corazón. Los niños quedaron tendidos en el patio con una flor de flores en el pecho. Sigilosamente el Otro tomó por asalto la sala de maestros, quienes al ver la acción, respondieron con su más bella artillería. La contienda fue extraordinaria: Las palabras silbaron por todas partes, se estrellaron en las paredes y en el techo; se incrustaron en las mesas y en las sillas donde se atrincheraron los profesores y al estallido de los signos lingüísticos, los fonemas, como esquirlas musicales, se clavaron en los oídos de los defensores dejándolos fuera de combate de inmediato. El Otro observó detenidamente a los derrotados, los movió con la punta del pie y se aseguró de que estuvieran totalmente dormidos. Salió del recinto adormecido por la eufonía de la pelea.

La misma historia se repitió con sorprendente exactitud y los niños, jóvenes y maestros de la ciudad quedaron sumidos en el resplandor de los sueños. El Otro pasó toda la noche en la biblioteca de la última escuela recargando sus armas, se aseguró que el botín estuviera en su lugar y preparó cuidadosamente el ataque al Palacio de los Poderes.

A la mañana siguiente, el Otro enfiló con alegría hacia su objetivo y, en rápida maniobra, sorprendió a las fuerzas defensivas de los otros, quienes se percataron del asalto, hasta que en el patio central los ciudadanos quedaron regados en el piso tintos en su propio sueño; la potencia de la voz, la carga semántica de los vocablos acompañados de expresiones y susurros de baja intensidad mataron los primeros insomnios. En fracción de segundos subió las escaleras disparando a quemarropa, tan rápido, que los otros sólo percibían el tableteo de las palabras y, después, el significado en el cerebro provocándoles el sueño de inmediato. El Otro libró una lucha vocablo a vocablo con los otros hasta que los fue doblando, poco a poco, y los dejó colgados en sus propios huesos soñando para siempre. El Mayor de los otros, totalmente adormecido, trató de defenderse amartillando su lengua, pero sólo articuló un chasquido y cayó de bruces sobre el escritorio roncando estrepitosamente. El Otro abrió el morral, introdujo el botín, lo cerró para que no escapara y comenzó a bajar las escaleras; eran tan profundas sus heridas, que los escalones quedaron iluminados por gotas de sueños y, en cada rellano, pequeñas charcas marcaron su camino.

Cuando salió, el sol parecía prendido en el pararrayos de la iglesia, entonces se dio cuenta de las horas que había pasado dentro del palacio y decidió descansar un rato. Se sentó en un viejo tocón y contempló cómo el oro se partió en dos y, luego, se desvaneció hecho polvo entre los árboles de la Plaza de Armas. La penumbra se abrió paso y en los ojos del Otro cayó la noche; las primeras estrellas se reflejaron en la luna negra de sus pupilas y le dieron fuerza para levantarse. Caminó una cuadra y subió hasta llegar al centro de la plaza en donde el asta, como un enorme lápiz, tachonaba el cielo. El silencio era absoluto; el Otro pronunció una palabra de cuatro fonemas, la tomó con la mano izquierda, la ató a la cuerda y empezó a subirla hasta que llegó al tope y, ahí, dejó que el viento la meciera en todo lo alto como una radiante señal de triunfo. Desde arriba, sólo se veía el rastro de sueños que dejó.

El Otro contempló la noche; la imagen de la victoria iluminó la oscuridad de sus ojos y las estrellas, como signos de puntuación, ordenaron sus pensamientos. Las huellas de los sueños le indicaron el camino y bajó por la fulgurante vereda hasta llegar a los límites de la capital. El Otro se balanceaba sobre su propio eje producto de las sonoras ojivas de sus enemigos y empezaba a recibir en su cerebro, intermitentemente, sueños de todos tipos. Se dormía por instantes y, luego, despertaba; los sueños se engarzaron con la realidad y, en esa contradicción, fue armando su propia historia.

Después de noches y días de lucha llegó a las afueras del pueblo que lo vio partir; el sueño de los habitantes estaba por todas partes. El Otro sintió el impacto en pleno rostro y comenzó a sentirse sin fuerzas para seguir. Como pudo llegó a su casa, se metió por la ventana y cayó de espaldas formando una cruz sobre la cama. Empezó a hablar en voz baja, el diálogo consigo mismo cobró fuerza y escenas de su vida aparecieron proyectadas en el techo de la habitación. El monólogo se hizo más intenso, de pronto, los ojos de Él irrumpieron a mirada calada en sus silencios causando estragos en su soliloquio. El Otro siguió hablándose hasta que el sueño se fue metiendo en sus entrañas y quedó soñando eternamente. No escribió la nota acostumbrada en estos casos sólo mantuvo su mano izquierda aferrada a la bolsa de sus victorias.

Él contempló el final, se acercó al lecho y con el dedo índice y pulgar de la mano derecha le abrió los ojos, tomó el morral con la mano izquierda, revisó el contenido, lo colgó en su hombro y salió por la puerta a conquistar el mundo.






                                                                             RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                              Diciembre de 2004
                                                                              Guaymas, Sonora.