jueves, 26 de octubre de 2017

¡VIVA VILLA CABRONES!




domingo, 21 de noviembre de 2010
¡VIVA VILLA, CABRONES! Salvador Loya Villalobos




El hombre que aparece a la derecha de la foto, con camisa a cuadros, fue el maestro Salvador Loya Villalobos, quien tenía uno de los valores morales más preciosos y escasos en esta sociedad que nos tocó vivir: la lealtad. Por eso, tres días después de enterarme de su muerte le pedí al profesor Ramón Santoyo Durán (a la izquierda en la fotografía) un comentario que nos permitiera recordar su partida. Como sabíamos muchos, era un experto en la historia de Francisco Villa.

El maestro Santoyo nos regala el siguiente escrito con el cual deseamos informar un poco de la excelente personalidad de Salvador.

¡VIVA VILLA, CABRONES!

Debo aclarar, que el título de este escrito, no representa la personalidad de un maestro ejemplar como lo fue el Licenciado Salvador Loya Villalobosº: sencillo, respetuoso, sincero, amable, bondadoso; pero en su preferencia por los personajes de la Revolución Mexicana, no hay otra frase que la describa mejor. Profundo conocedor de las distintas etapas históricas de nuestro país, colocó siempre el acento en la controvertida figura de Doroteo Arango; el “General”, como él lo llamaba, absorbió gran parte de su atención intelectual y de su tiempo.

Salvador Loya Villalobos, fue un acucioso investigador de la actividad revolucionaria y política de Francisco Villa; conocía a detalle cualquier faceta del “General”; relacionaba distintos aspectos (sociales, políticos, económicos) que le permitían análisis a fondo y llegar a conclusiones que, a veces, no coincidían con las sustentadas por algunos estudiosos de la vida militar y política del “Centauro del Norte”. Ejemplo de esto son las certeras aclaraciones que hacía a conferencistas sobre un dato erróneo o no habían enfocado con precisión un punto y dejaban tambaleante la figura de Villa. Defendió siempre a su “General”, pero lo hizo con sencillez, casi con humildad y, sobre todo, con conocimiento de causa y en el marco de un respeto absoluto a los detractores de Francisco Villa.








Salvador fue un historiador nato, por placer; no buscó reconocimiento académico alguno en esta disciplina; pero lo que sí deseó con vehemencia fue un mundo más justo y equitativo. Fue un hombre que prefería el camino de la izquierda, bueno, servicial, trabajador y responsable hasta el extremo. Quería un México diferente, por eso la gran admiración hacia los revolucionarios representados por su “General Villa”. No escribió obra sobre su personaje predilecto (sí artículos y dictó conferencias); pero hizo algo mejor, grabó en el corazón de miles de sus alumnos los trágicos y emotivos acontecimientos de la Historia de México tan sólo con el amor, su voz y su Sapiencia; inculcó la crítica constructiva y enseñó que el verdadero ciudadano debe luchar por la justicia y por los que menos tienen. En sus funerales, alguien murmuró: “Se fue el último de los villistas”. No sé si sería el último o el primero, pero de lo que estoy completamente seguro es, que como él, hay muchas personas en el mundo: sabias, estudiosas, eruditas, críticas y que dejan en su comunidad un excelente ejemplo de lo que debe ser un hombre de bien. Hombres que, alejados de las “candilejas académicas”, luchan para que su pueblo despierte y viva con dignidad. Hombres con valores extraordinarios y congruentes en el decir con el hacer; que combaten todos los días, y van dejando en los demás la sensación de que no todo está perdido y encienden en el ambiente social la flama de la esperanza.

Para concluir, quisiera escribir una frase que no pude gritar ante el cuerpo de Salvador y entre los aplausos de despedida de cientos de sus amigos:

¡VIVA SALVADOR LOYA, CABRONES!

 


º Salvador Loya Villalobos era originario de San Juan Balleza, Chihuahua (1945).
Llegó a Guaymas, Sonora, en septiembre de 1970 como Técnico en Motores de Combustión Interna, egresado del Tecnológico de Chihuahua, a trabajar como docente en el CECATI No. 23.
Un año después prestó sus servicios en el Taller de Refrigeración y Aire Acondicionado en el CECYT 200 (ahora CBTIS No. 40) hasta obtener tiempo completo.
Contrajo matrimonio en 1974 con Araceli Cota Sánchez originaria de Guaymas y formó su familia procreando cuatro hijos: Salvador, Javier y los gemelos César y Ángel.
En 1980 inició sus estudios en la Escuela Normal Superior del Estado de Baja California Sur en la Licenciatura de Ciencias Sociales hasta obtener el título.
En febrero de 2009 se jubiló de su labor docente.
El 26 de octubre de 2010, “se jubiló de vivir”, como dijo el Ing. Héctor Luna Garza, exdirector del CBTIS No. 40.
M.D.T RAMÓN SANTOYO DURÁN
HERMOSILLO, SONORA
4 DE NOVIEMBRE DE 2010.

Este escrito fue publicado por pimera vez en el blog de mi amigo Arnulfo Castellanos Moreno y lo reproduzco, en común acuerdo con él, para conmemorar los siete años de vida del inolvidable maestro: SALVADOR LOYA VILLALOBOS.



lunes, 9 de noviembre de 2015

BESO TU CABELLO AZUL

                                                                       
Beso tu cabello azul
Vorágine de cuerdas luminosas
Y al suave contacto de mis labios
Se abre entre tu pelo una rosa.

Una rosa azul como tus sueños
Que empieza a deshojarse con mis besos
Y caen sus pétalos más bellos
En el cálido jardín de tus anhelos.

Azul y rojo
Pasión y sueño
Colocan nuestro espíritu
En las puertas de la gloria.

El reflejo del mar en tu mirada
Y en el fondo la chispa del deseo
Y al cálido contacto de mis besos
Se abre entre tus piernas una rosa.

La rosa roja del instinto
La rosa azul de tus ensueños
Arrojan nuestros cuerpos
Al ardiente crisol de las pasiones.

Azul y rojo
Pasión y sueño
Transforman el momento
En un infierno.   



                                                                             RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                             Mayo 8 de 2010      
                                                                             Hermosillo, Sonora.                                                     

miércoles, 28 de octubre de 2015

SALVADOR LOYA VILLALOBOS NO SE OLVIDA

ASCENSIÓN

Escalo tu mirada de hielo,
rompo tus pupilas
y el iris,
rueda sobre mis manos;
cae,
y las astillas
se clavan en el abismo.

Desciendo a rappel
a la sima de tus ojos;
las derrito,
y la vida escurre entre mis dedos
Convertida en agua.

Asciendo,
ahora
tus ojos de agua
de líquido mirar;
agua que he de beber
para conservar tu vida.


Poema dedicado a SALVADOR LOYA VILLALOBOS que, a cinco años de existencia, sigue venciendo al olvido.


lunes, 3 de noviembre de 2014

AVE FÉNIX



Hace cuatro años
me dijeron que estabas muerto,
pero sigo sin creerlo
porque te siento más vivo que nunca;
y si no
¿por qué seguimos siendo amigos?
¿por qué conversamos?
¿por qué te veo caminar por las calles?
¿por qué te pido ayuda cuando me asaltan las penas?
no, Salvador, tú no estás muerto
estás más vivo que nunca.

¿Muertos?
aquéllos que en “Torre de Babel”
empujan al país hacia el infierno,
aquéllos que tomados de la mano
asesinan, excavan e incineran.
De cenizas
se levantan los caídos como el “Ave Fénix”
son los que dan la orden a los vivos:
“pueblo, levántate y anda”;
y son miles los que marchan
bajo el tiovivo de zopilotes:
su danza macabra.

Los del 68
los de Acteal
los niños de ABC
los de Ayotzinapa:
todos están vivos
y ponen en jaque al gobierno.

Tú, Salvador, como ellos,
hermano de raza e ideas,
surges de tus cenizas
a unirte al “canto sublime”
del ave con “alas rojas y cuerpo dorado”
símbolo del conocimiento
la resurrección
la inmortalidad
y la esperanza:
“Pájaros de Fuego”
están más vivos que nunca.



miércoles, 30 de octubre de 2013

SALVADOR LOYA VILLALOBOS NO SE OLVIDA

BURBUJAS

Pules tu silencio en el esmeril del tiempo
y lo engarzas en el iris de tus hermanos
para que no te olviden.
El silencio brilla en sus pupilas,
se escurre,
se enreda en las pestañas de nosotros
y anida en las mágicas burbujas.

Burbujas preñadas de silencio:
flotan
se rozan
y revientan.

Entre el rocío, sin queja,
se gesta
tu figura y tu palabra.
Las burbujas,
en ese infinito estallar y aparecer,
encierran para siempre tu recuerdo.

Prisión y libertad:
perene parpadeo es tu silencio.




Poema dedicado a SALVADOR LOYA VILLALOBOS en su tercer año de vida. Ausencia que es presencia y se expresa como siempre a través de su silencio




                                                                   M.D.T. RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                   26 de octubre de 2013
                                                                   Hermosillo, Sonora

viernes, 26 de octubre de 2012

SALVADOR LOYA VILLALOBOS NO SE OLVIDA




           GAMBUSINO


Entre las cenizas de tu cuerpo   
cribo,
busco,
encuentro dos esmeraldas:
tus ojos;
y en las cuencas vacías de tus deudos
las coloco.       

Destello,
ahora luz:
de las piedras preciosas en sus ojos.
                                 



Poema dedicado a Salvador Loya Villalobos al cumplir dos años de vida. Ahora es tierra, agua, aire y fuego: energía cósmica flotando en el universo.
Salvador vive, porque su corazón late en el infinito.




                                                                      MDT. RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                      26 DE OCTUBRE DE 2012
                                                                      HERMOSILLO, SONORA.










viernes, 3 de agosto de 2012

EL PERIÓDICO


El tío Ramón se levantaba a las cinco de la mañana, preparaba café y se disponía a esperar al muchacho que entregaba el periódico. Con él en la mano se encaminaba a su sillón preferido y no se movía de allí hasta que la tía Alicia lo llamaba para comer. Después salía a la cochera y recogía la edición vespertina del Universal, volvía a su sillón, se arrellanaba en él y continuaba tejiendo sus ideas con el hilo de las grafías y la aguja de su mirada. Sólo dejaba de leer hasta que la noche entraba por la ventana y arropaba las pequeñas niñas de sus ojos. La tía no soportaba esta rutina, las pocas veces que conversaban, por lo regular a la hora de tomar los alimentos, la fuerte voz del tío llenaba la cocina de acontecimientos y opiniones; el mundo caía desgajado sobre el mantel y su análisis era la sobremesa. La tía era la imagen del silencio porque Ramón Santiago, que así se llamaba el tío, sólo la usaba como caja de resonancia para sus alocuciones. La tía Alicia no articulaba palabra alguna, solamente se concretaba a mirar las verdes pupilas de su esposo.

La tía desarrollaba sus labores con la mirada hacia dentro y el quehacer de la casa no era suficiente para extraerla, a tal grado, que el tío la sorprendió lanzando tortillas calientes por la ventana en lugar de colocarlas en la cesta de bejuco adecuada para éstas. Las carcajadas de su marido la hicieron llorar varios días hasta que la tristeza sufrió su metamorfosis y el rencor aleteó sobre la humanidad de Ramón Santiago. Comenzó a manifestar a través del lenguaje corporal primero y después en sus dislates, una recalcitrante animadversión hacia el tío que trataba de disminuir rezando el rosario. Dado el grave estado anímico asociaba el instrumento de oración con el ancho cuello de su consorte.

Para el tío Ramón lo único importante era leer el periódico, las extrañas actitudes de su esposa no lo inquietaban, al contrario, reía cuando hacía muecas a la hora de servir la mesa y el rosario zumbaba entre sus dedos; era tan fuerte la fricción, que a veces, las cuentas caían en la sopa del tío quien se limitaba a sacarlas con la punta de la cuchara y no externaba reclamo alguno porque la presencia de ella era solamente física. La inestabilidad emocional de la tía Alicia se fue deteriorando hasta que en sus ojos asomó la demencia y un velo opaco cubrió sus pupilas.

Ramón Santiago seguía leyendo compulsivamente, pero como no tenía quién lo escuchara, empezó a platicar con los editorialistas del periódico. Al inicio, la conversación era prudente, respetuosa, pero al pasar los días los desacuerdos se agudizaron y las discusiones derivaron en la violencia; el tío terminaba vociferando y el diario descuartizado sobre el piso. El encono duraba horas hasta que en la noche sus párpados, como telones de piel, atenuaban la tortura. Los vecinos pensaban que don Ramón había enloquecido porque sólo lo veían salir por el periódico, y en cuanto entraba a su casa, comenzaba a levantar la voz; ya no escuchaban los rezongos de doña Alicia y su figura no la habían vuelto a ver en el exterior de la vivienda. Intuían algo grave porque la rutina no era la misma y un raro olor escapaba por las ventanas.

La tía dejó de preparar los alimentos nueve días atrás. La cocina estaba repleta de trastes sucios y la inmundicia crecía sin ningún control; lo único limpio era el banquito en donde se sentaba a manipular su rosario, no para contar sus oraciones, sino que lo abría y cerraba como si quisiera aprisionar la causa de su desgracia. En un instante observaba el cuello de Ramón Santiago estirándose, retadoramente, ante un interlocutor imaginario; en otro, los ojos volvían a su periplo interior y el rostro se petrificaba. El tío permanecía sentado en el desvencijado sillón la mayor parte del tiempo, sólo se ponía de pie cuando el argumento del periodista lo provocaba para una fuerte polémica; si esto sucedía el tío Ramón saltaba de su asiento, inclinaba el torso y con el puño golpeaba el aire como si quisiera romper la cara y con ella las ideas de su adversario. Los reveses de los articulistas abrieron serias grietas en el cerebro del tío, las neuronas comenzaron a unirse y el chisporroteo de luces apagó su razonamiento. La cocina y la sala eran el escenario de tan grotescas acciones porque el resto de la casa había desaparecido para ellos.

Fueron los vecinos los que descubrieron que don Ramón estaba muerto. Lo habían visto por la ventana de la sala casi acostado sobre el sillón, con los ojos saltones, la boca bien abierta, la lengua hacia fuera y las manos crispadas en el periódico; la pierna izquierda estaba doblada para atrás tocando el sillón y la derecha estirada en línea recta apuntando a la cocina. El murmullo se elevó, se sacudió en el aire y la noticia cayó sobre los habitantes de la colonia y convirtió la casa de los ancianos en un inmenso panal. La gente diseminó el rumor, calle por calle, hasta que llegó a la estación central de la policía en donde se enteraron de la extraña muerte de don Ramón y que presentaba marcas en el cuello como si fuera una fina cadena la que le quitó la respiración para siempre.

Los peritos llegaron al lugar de los hechos para registrarlo; el zumbido de los curiosos al hacer sus comentarios era ensordecedor y se movían de una ventana a otra como un enjambre. El responsable de la investigación ordenó  retirar de inmediato a todos e iniciar la meticulosa labor. Los agentes recorrieron las habitaciones en busca de detalles que iluminaran la oscuridad del caso; pero a pesar de sus esfuerzos sólo encontraron la presencia física de la tía Alicia, el cadáver del tío Ramón y cuentas de rosario por todos lados. La cruz brillaba muy cerca del pie derecho de Ramón Santiago.

Cuando el detective en jefe estuvo frente a la tía le pareció ver, a través de dos fríos escaparates la silueta del homicida; le habló al oído, luego más fuerte y al final preguntó a gritos por qué lo había matado. La tía Alicia deglutió como si quisiera mantener la conciencia atada a sus entrañas, pero ésta comenzó a subir hasta que apareció en sus ojos convertida en agua; limpió su rostro, levantó la cabeza y una severa mirada le constriñó el alma. Loya  preguntó de nuevo y, la respuesta cargada de locura, se estrelló en la lógica del comandante que volvió a percibir imágenes increíbles en los húmedos cristales de doña Alicia; pero éstas fueron desapareciendo, junto con la razón, en los pequeños resumideros de sus ojos.

El investigador reunió a sus hombres y les contó la confesión de la tía en el momento de lucidez:

“La discusión fue terrible, los golpes demoledores de Ramón Santiago destrozaban las ideas de los periodistas, y en lo más violento de la pelea, las líneas negras del periódico se deslizaron como serpientes formando una cadena, se enredó en el cuello del tío y se fue apretando hasta dejarlo sin aliento. La tía Alicia asegura que fueron los editorialistas los asesinos de su marido y que el rosario se rompió cuando el tío suplicaba que lo defendiera”.

Los subalternos rieron hasta el dolor, se tocaban el abdomen y se inclinaban como si hicieran reverencias ante lo inverosímil, pero al ver el rictus de su jefe, transformaron rápidamente la burla en seriedad. El comandante Loya dio unos pasos, rodeó la cruz, desenredó el diario de la mano del tío y lo hojeó buscando algún indicio. En la página central, detuvo su mirada, sus manos se paralizaron y el blanco total eliminó la duda. Con lentitud, giró el periódico hacia los subordinados que, al verlo, abrieron la boca sorprendidos.












                                                                                 RAMÓN SANTOYO DURÁN
                                                                                  Mayo de 2005
                                                                                  Guaymas, Sonora.